Las polillas posadas en mi corazón
se le pegan las patas,
las colillas apagadas en mi caja torácica
huelen a carne quemada,
atrás de mi cráneo una reja,
dentro un niño sentado en pijama
con las piernas colgantes
golpeando el hueso con sus talones,
de mi garganta salen dedos
que me abren la boca llena
de bullicio
pero no fracturan la mandíbula,
en las paredes de mi casa hay orejas
carnívoras,
en la copa del árbol no hay hojas
hay ojos de yeso,
me clavo el tallo
de una margarita donde los ojos,
me los trago para abrirme la garganta
y se convierta en nuez,
el cerebro gelatinoso bajo mi pie
como trofeo,
desmenuzado entre mis dedos
se hacen raiz
donde el macho cabrío de noche
en Goya nos recibe y recita
la sensación de vacío que siente el desierto
cuando le clavan un picahielo
raspando cada grano
gritando de presión
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