LVII




 Las polillas posadas en mi corazón

se le pegan las patas,

las colillas apagadas en mi caja torácica

huelen a carne quemada,

atrás de mi cráneo una reja,

dentro un niño sentado en pijama

con las piernas colgantes

golpeando el hueso con sus talones,

de mi garganta salen dedos

que me abren la boca llena 

de bullicio 

pero no fracturan la mandíbula,

en las paredes de mi casa hay orejas 

carnívoras,

en la copa del árbol no hay hojas

hay ojos de yeso,

me clavo el tallo 

de una margarita donde los ojos,

me los trago para abrirme la garganta

y se convierta en nuez,

el cerebro gelatinoso bajo mi pie 

como trofeo,

desmenuzado entre mis dedos

se hacen raiz

donde el macho cabrío de noche 

en Goya nos recibe y recita

la sensación de vacío que siente el desierto 

cuando le clavan un picahielo

raspando cada grano

gritando de presión


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